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Entrevista a Raciel Gómez Golpe / 2009.
Cronista más allá del individuo y su contexto / 2008.
Raciel Gómez: el escrutinio de una ciudad abocada al llanto.
Pintar los límites / 2007.
Más allá del límite de la tela / 2007.
La Habana de los márgenes / 2007.
Un paisaje para socavar / 2005.
Puzzle: partes que componen un todo.
Un justo pasa pasa / 2007
Un justo pasa pasa.
Axel Li
( texto publicado en la revista Noticias de Arte Cubano marzo del 2007)
Javier, estimado colega: tu escrito «Fragmentos ocultos. Realidades evidentes» (Noticias de Artecubano, No. 2, febrero, 2007) requería un complemento, que he solicitado. De ahí la finalidad de cuanto sigue.
Todo depende del sentido con que se mire, y sin texto posible, mucho más. Fíjate, con sólo ver las dos imágenes seleccionadas para tu artículo nos podemos hacer una idea del arte de Reinier Ceija que, dicho sea de paso, me entero de su existencia por ti. Otro tanto ocurre con la lectura de tus certeras deducciones.
Piensa ahora, luego de haber visualizado de un tirón estas imágenes que pongo a tu consideración: ¿qué es cuanto se aprecia?, ¿también precariedad, esteticismo de la pobreza o formalismo de la indigencia? (me apoyo en tus palabras que relucen en el todo de una escritura más que exegética). Por acá, el arte de Raciel Gómez nos pasa por el filtro del paisaje urbano. Yo le he otorgado además su dosis de memoria y que va al momento de historias concretas.
Estas obras fueron expuestas en la galería de arte de la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena casi a fines de 2005, bajo el título de «Puzzle». En un lugar que bien tú conoces se estructuró un rompecabezas de varios cuadros realizados en blanco y negro sobre lienzo. Son interiores, casi abstractos, en nombre de inmuebles (vernáculos) a punto de colapsar. Raciel visualiza otras historias, por lo que su mirada es desdoblada.
Ten estas líneas de preámbulo, porque he buscado algo que escribí hace un tiempo para compartirlo ahora contigo, aun cuando no guarde relación directa con esa exposición personal. Ceija, Raciel, Jorge López Pardo —y tantos más— son hombres que marcan la geografía de sus piezas desde y con el más vital de nuestros espacios: la casa del cubano... de a pie, término que solía usar el caricaturista Manuel Hernández, según alguien me dijo un día.
Si dispusiera de más tiempo seguiría con estas líneas hasta adentrarme incluso por los senderos del humorismo gráfico, que también es asunto tu interés. Pero te brindo algo: Ediciones UNIÓN ha publicado un monográfico sobre el caricaturista Rafael Fornés, alguien con quien hablaste para poder armar tu Tesis en torno al suplemento humorístico El Pitirre.
No dejes de escribir, porque es una manera de saber el curso de acontecimientos inalcanzables.
La memoria que se nos va
Mientras el paisaje sigue siendo una constante en nuestro contexto artístico, fundamentalmente las exposiciones colectivas mantienen la cualidad de ser exponentes aproximados de ese género. Ellas nos delatan momentos, formas, intenciones, riachuelos que se integran a una amplia tradición cualitativa y cuantitativa. Ahora mismo, en suelo cubano conviven cientos de paisajistas, muchos desconocidos incluso entre sí. Las exposiciones ofrecen una fisonomía a medias y cuando el tiempo haya pasado, tal vez sólo ellas una vez más, nos den las pistas del curso de nuestra paisajística contemporánea.
Y si de exhibiciones estamos hablando, no importa aquí la efectividad del espacio expositivo, este año en dos muestras colectivas el joven artista Raciel Gómez daba constancia de su asistencia con la actual visualidad que le inquieta desde todos los puntos de vista. Tomemos a modo de ejemplo su participación en la segunda edición del llamado Salón Nacional de Paisaje Víctor Manuel. Veamos el catálogo preparado para la ocasión: sorpresa, las obras premiadas mantienen cierta afinidad con otra arista de esta temática, esa que contempla a la arquitectura como posibilidad de expresión. Un repaso más detenido en este material a modo de plegable nos indica que desde el diseño sobresale la obra suya. No cualquier obra.
Nuestra mirada tiene un grado de aceptación para este tipo de realidad. Aceptamos y convivimos con ciertas expresiones arquitectónicas a punto de colapsar; pero en arte, ¿también? La vida es rica para la mente de un artista. Para Raciel hay poesía y dinamismo en el desaliño de la masa arquitectónica popular o vernácula. Su pieza premiada en el certamen aludido ha sido para él un banderín a escala social de ángulos permisibles y requeridos en el arte cubano. La ventaja de un asunto así ha estado en manos de la fotografía y el performance. Y ahora, un artista de 26 años, enruta y fusiona en un soporte bidimensional el volumen, las texturas, el color... aunque sólo él sea quien se percate de ello. En su persona concurren las facetas como escultor y, en la inmediatez del momento, la del pintor que debe ser. Un pintor por demás atrevido, observador, matérico.
Cierto, Raciel posee una técnica, domina valores y conocimientos para ser lo suficientemente académico –o mejor, realista–. De ahí, en parte que aceptemos o estemos contrariados con su arte. Mas, lo que él debe saber es que lo suyo como apuesta discursiva no puede ser emplazado por ningún comentario de su tiempo. Sus «desaliñadas» obras están hechas para el entendimiento y goce mejores de una posteridad. Sus acrílicos y grafitos regodeados en techumbres, fachadas, puertas y otros componentes de la arquitectura más extendida de Cuba son conectores visuales entre el pasado y el futuro. Funcionan como testimonios. Lo son de por sí, aun cuando no sea de manera premeditada.
Las viviendas añejas, de madera o ladrillo, con tejas u otras variantes de techos, están siendo registradas en lienzo y cartón. Más exactamente, aquellas que han llegado al límite de la existencia, las agotadas por la lluvia, los años y los pasos del hombre. Procurar recoger de un soplo el último crujir de la madera, la piedra o el ladrillo –el instante preciso de los fotógrafos– alienta a no desdeñar una propuesta que ha de eternizar la condición efímera de nuestra arquitectura popular. La de los constructores casi siempre sin nombre desde lo historiográfico, esa que cohabitan moradores distintos, aunque estén ausentes en términos formales de las obras de Raciel. Sin embargo, la presencia de los mismos se manifiesta a través de pequeños detalles que para el pintor funcionan como simples decorados, rellenos, complementos... con cierto sentido artístico. De lo contrario, en sus pinturas y dibujos estarían omitidos, por ejemplo, un cable de corriente o una discreta tubería que se sumerge por entre el suelo y la pared de una vivienda.
Sus propuestas quedan casi siempre a nivel de fachada. Por el momento, ahí comienza y termina el ciclo de su mirada por algunas de las moradas más modestas de nuestro(s) entorno(s); sin embargo, resistentes, con historia y vida limitada. Pensar en la vejez de una vivienda –como hecho que algún día habrá de llegar– supone un grado de concentración óptima. Distinguir y evaluar la posibilidad del colapso de un perímetro así, de ello están perneadas las obras de este joven pintor. La fuga de las manualidades, la desaparición de la seguridad y la confiabilidad espacialmente, bordean a cada uno de sus trazos, que nos vislumbran la prontitud de los recuerdos.
Guanabacoa como área concreta de una cotidianidad funciona aquí a manera de epítome de lo cubano, porque toda Cuba –y otras regiones, quizás– están en la obra de Raciel. Se trata de paisajes concretos, fotografiados primero y luego trasladados a tales soportes más elaborados, pero demarcados al unísono de sus realidades. Son éstos, deshumanizados y con una fuerte dosis de lo humano; porque además, son el mejor retrato del hombre, a pesar de que la fachada no es la arquitectura en sí. Por consiguiente, estamos en las inmediaciones de la epidermis de algo mayor.
«Anécdotas del tiempo» como conjunto es una proeza en la carrera del artista. Por primera vez exhibe sus pasiones, motivadas en la «brevedad» de un tipo de arquitectura que todavía hoy nos circunda y algún día ya no estará. Para entonces otra será la ciudad muy a pesar de la calma del accionar del tiempo.
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