Más allá del límite de la tela / por Toni Piñera. Texto publicado en el diario Granma 3 de diciembre del 2007

El talento y la imaginación de Raciel I. Gómez Golpe (Ciudad de La Habana, 1978) son dominados, como la Naturaleza, por cuatro elementos. Pero sólo tres de ellos, el espacio, la luz y la arquitectura, se hacen visibles: remiten así al hombre, el cuarto de los elementos, una ausencia presente y una presencia ausente...
Cunde en sus pinturas y dibujos sobre tela expuestos por estos días en la galería La Acacia (San José No. 114, La Habana Vieja) bajo el título de Erosión del límite, un juego de tensiones vitales que desbordan la obra de arte y plantean un dilema casi existencial. Porque el espacio, la luz y la arquitectura, son símbolos del ser del hombre, pero el hombre es -se constituye- mediante esos símbolos. La obra de arte deviene entonces en una quieta y, al mismo tiempo, palpitante meta-alegoría.
Ese podría ser el eje por el cual transitan sus creaciones, sean casas y paisajes urbanos. Viviendas desvencijadas, solitarias, con puertas y ventanas tapiadas, e interiores, por cuyos techos puede verse el cielo..., despojados de ornato, como salidos de una alucinación. En todos, el vacío aparencial es refutado por un contenido sustancial, quizá metafísico.
La fantasía -extraída de la realidad con su cámara en sus paseos por las márgenes de la ciudad-, se despliega entre lo material, lo sonoro de un ruido desorbitado y lo silencioso y aparentemente frío de las estructuras de sus habitáculos desiertos. Sus sueños-visiones, trasladados a las dos dimensiones de la tela, desencadenantes de otros sueños arquetípicos, y toda su producción puede ser considerada una sucesión serial circunscripta en un mismo marco que inmiscuye lo real con tintes poético-oníricos. Su nivel de regodeo en el detalle de las huellas del tiempo, en la madera y los metales, siembra la admiración ante la mirada del espectador, no sólo en esas pinturas donde el óxido se quiere tocar con las manos para ver si nos deja restos en ellas, si no también en esos carboncillos impresionantes donde vibra la mano del dibujante que escudriña hasta los rincones más recónditos de lo real.
En el joven pintor, dibujante y ceramista, graduado de la Academia de San Alejandro (2000), quien tiene a su haber importantes premios en las distintas categorías que incursiona, entre ellos el primer premio del Salón Nacional de Paisaje del año 2000, poco importa que se trate de casas, despojos, paisajes. Lo que interesa en realidad son las secuencias de formas, el metabolismo de la pintura en pos de signos precisos. No es extraño, pues, frente a las telas de Gómez Golpe -como firma sus obras-, sentirse inundado por la fuerza de sus imágenes, por la estructura formal de su cromatismo y detectar, a la vez, la presencia de un motor creativo, a través de sus diferentes manifestaciones. Ese motor estructurante vive y palpita permanente y atemporalmente en su trabajo.
El receptor de la obra puede proyectar en cada tela, sus imágenes internas. Creándose de esta manera un proceso de comunicación de inconsciente a inconsciente, tal como se observa entre dos o más personas. Los estímulos imaginativos de la producción del artista son trazos, colores, formas, que impresionan los sentidos del espectador y que, una vez en su poder, lo transforman en un ser que se ha apropiado de lo expuesto. Su expresividad y su estilo son efectos de una práctica que no se limita a cánones determinados: él privilegia lo individual y el hecho creativo a partir de metáforas poéticas nuevas. Pero en el fondo de esta permanente renovación de su obra es posible descubrir una pasión desenfrenada por ofrecer el producto de su fantasía desbordante, que llegando más allá del límite de la tela, se proyecta hacia el receptor como la manifestación de un sueño vital de deseos encontrados hechos realidad también en la pintura.